Rodolfo Arruabarrena se convirtió, probablemente, en la mejor noticia que recibió Juan Román Riquelme como dirigente de Boca. El Vasco tomó un equipo golpeado, empezó a recuperar futbolistas, apostó por los pibes, tomó decisiones sin mirar apellidos ni cotizaciones y acaba de eliminar a San Pablo para meternos en las semifinales de la Copa Sudamericana. Lo definiriamos como “lo mejor que le pasó a Riquelme” y sostiene que es el mejor entrenador de su ciclo dirigencial.  Nosotros vamos un poco más lejos: hoy Arruabarrena es el gran salvavidas futbolístico de Riquelme. Y decirlo no significa quitarle mérito al presidente por haberlo contratado. Todo lo contrario. Si criticamos las decisiones equivocadas, también corresponde reconocer las acertadas. Riquelme eligió al Vasco y, hasta ahora, acertó. Arruabarrena construyó un Boca mucho más competitivo y acaba de conseguir una clasificación importante empatando 1-1 en el Morumbí después del 1-0 de La Bombonera. Además, el equipo continúa con vida en las tres competencias.  El Vasco merece reconocimiento. Lo que no vamos a aceptar es que este presente se utilice para reescribir toda la historia anterior. Porque nosotros somos hinchas de Boca. Queremos que Arruabarrena gane. Queremos llegar a la final de la Sudamericana. Queremos volver a levantar una copa internacional. Queremos festejar cada domingo y queremos que todos los futbolistas que alguna vez cuestionamos terminen cerrándonos la boca. Queremos que a Boca le vaya bien, no que a Riquelme le vaya mal. Pero una cosa no obliga a la otra. Podemos festejar esta clasificación y seguir recordando todo lo que ocurrió durante estos años. Podemos reconocer el enorme trabajo del Vasco y seguir preguntándonos por mercados de pases mal resueltos, planteles desequilibrados, jugadores que llegaron por cifras importantes y nunca respondieron, problemas administrativos, conflictos institucionales y decisiones deportivas que durante demasiado tiempo alejaron a Boca del lugar donde todos queremos verlo. No somos ciegos, sordos ni mudos. No empezamos a mirar Boca cuando llegó Arruabarrena. Riquelme forma parte de la conducción del fútbol del club desde diciembre de 2019 y es presidente desde fines de 2023. Por eso su gestión no puede evaluarse exclusivamente por lo ocurrido durante las últimas semanas. Y mucho menos puede transformarse automáticamente una buena elección de entrenador en la absolución de todo lo anterior. De hecho, hay algo particularmente interesante en este presente: muchas de las soluciones que encontró Arruabarrena no llegaron desde el mercado de pases. Llegaron desde adentro. El Vasco potenció juveniles, sostuvo a futbolistas que respondieron y aplicó una regla que debería ser elemental en Boca: juega quien está mejor. Podemos destacar que Herrera, Delgado, Lozano y otros jugadores fueron creciendo bajo su conducción y que el entrenador no se condicionó por el valor económico de cada futbolista.  Eso también obliga a preguntarse cuánto había disponible antes y cuánto se estaba aprovechando. Porque si un entrenador llega y en poco tiempo consigue mejorar rendimientos, recuperar confianza y encontrar soluciones dentro del Predio, entonces parte del problema anterior evidentemente no estaba solamente en los nombres. Arruabarrena ordenó. Y ordenar parece una palabra sencilla hasta recordar de dónde veníamos. Boca pasó demasiado tiempo buscando una identidad, cambiando entrenadores y tratando de encontrar un funcionamiento que estuviera a la altura de su plantel y de su historia. Ahora apareció un técnico que conoce perfectamente el club y que parece haber entendido algo fundamental: en Boca primero hay que competir. Después podemos discutir sistemas, esquemas y nombres. Contra San Pablo se vio justamente eso. Boca ganó en La Bombonera y después fue al Morumbí sin esconderse. El propio Vasco explicó que buscó presión alta y recuperación en campo rival, y terminó satisfecho porque se sintió representado por sus jugadores. El 1-1 alcanzó para avanzar y el técnico inmediatamente bajó cualquier euforia: “Tenemos que salir campeón de algo”, dijo, pero también pidió tranquilidad porque todavía falta muchísimo.  Esa frase nos gusta. Porque tampoco queremos caer ahora en el otro extremo y convertir al Vasco en un prócer por llegar a una semifinal. Todavía no ganó nada. El propio Arruabarrena lo sabe mejor que cualquiera. Boca está en semifinales de la Sudamericana, sigue en Copa Argentina y pelea el torneo local. Hay posibilidades concretas, pero los balances definitivos se hacen cuando terminan las competencias. Lo que sí podemos evaluar hoy es el cambio. Boca lleva una extensa racha sin derrotas y solamente perdió dos partidos desde la llegada del Vasco. La última caída fue frente a O’Higgins, rival al que posteriormente eliminó por penales. También es cierto que hubo muchos empates y actuaciones irregulares, especialmente cuando el entrenador tuvo que rotar. No necesitamos inventar un Boca perfecto para reconocer que mejoró.  Ahí está justamente nuestra diferencia. No queremos relatos. Ni el relato de que todo está mal porque Riquelme es presidente, ni el relato de que ahora todo estuvo siempre bien porque Boca llegó a una semifinal. Queremos mirar lo que pasa. Y hoy lo que pasa es que Arruabarrena está haciendo un gran trabajo. También pasa que la dirigencia acaba de cerrar el mercado sin conseguir a Matías Galarza, el volante que pretendía el entrenador después de la salida de Kevin Zenón, y el Vasco deberá afrontar tres competencias con las alternativas que tiene.  Entonces tampoco carguemos mañana exclusivamente al técnico si faltan herramientas. Riquelme merece crédito por haber elegido a Arruabarrena. Pero el mérito del trabajo cotidiano es del Vasco, su cuerpo técnico y los jugadores. Y esto es importante porque conocemos cómo funciona el fútbol. Si Boca sale campeón, aparecerán quienes presenten cada victoria como una reivindicación absoluta del presidente. Si pierde tres partidos, aparecerán quienes pretendan responsabilizarlo personalmente hasta por un lateral mal ejecutado. Nosotros no queremos ninguno de esos extremos. Queremos evaluar. Riquelme jugador no necesita defensa. Lo que hizo con nuestra camiseta está guardado para siempre y nadie se lo puede quitar. Pero Riquelme presidente ocupa otro lugar. Ahí se analiza planificación, administración, mercados, infraestructura, profesionalización y resultados. Y unos buenos meses de Arruabarrena no pueden borrar varios años de gestión. Ojalá dentro de unos meses estemos escribiendo que Boca salió campeón. Ojalá el Vasco levante la Sudamericana. Ojalá este equipo termine definitivamente de despegar y Riquelme pueda decir que encontró al entrenador que necesitaba. Lo vamos a festejar como locos. Pero no nos pidan a cambio entregar la memoria. Ser hincha no significa aplaudir todo lo que hace una dirigencia. Tampoco significa desear que el equipo pierda para demostrar que teníamos razón. Es exactamente al revés: queremos que Boca gane y, porque queremos que gane siempre, exigimos que quienes lo conducen estén a su altura. Hoy Arruabarrena le dio aire a Boca y también, inevitablemente, le dio aire a Riquelme. Bien por el Vasco. Bien por haberlo elegido. Ahora que nadie pretenda vendernos que estos resultados borraron todo lo anterior. Podemos estar felices porque Boca volvió a competir, podemos ilusionarnos con una copa y podemos bancar al Vasco. Pero seguimos teniendo memoria. Somos hinchas de Boca, no hinchas de una gestión. Y no necesitamos ser ciegos, sordos y mudos para querer que nuestro equipo salga campeón.